La pescadilla que se muerde la cola: la naturaleza, ¿está loca o es una incomprendida?

Científicos de la Universidad de Columbia, Nueva York, expusieron a comienzos del 2006 unos resultados sorprendentes como colofón a un estudio no menos curioso. Una de sus conclusiones es que el incremento de los recursos hídricos y el incremento de las inundaciones durante el siglo XX, podrían estar relacionados con el incremento de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera.

Tal proceso sólo es posible gracias a la intermediación de las plantas. En este sentido, dado que una mayor concentración de C02 en el ambiente reduce la transpiración de las plantas (se cierran los poros), a menor transpiración va unida una menor absorción de agua del entorno.

La reflexión última parece obvia: dado que los humanos no hacemos nuestros deberes a la hora de reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera, ¿dependerá nuestra supervivencia de comunicarnos con las plantas y enseñarles a ser un poco más aseadas?

La mayoría de los humanos seguimos pensando que el peor de los efectos del deshielo es el incremento del nivel del mar y la consecuente inundación de nuestras costas. Una preocupación muy propia de nuestra especie dicho sea de paso. De lo que no queremos ni oír hablar, aunque eso parece culpa de los animales y la climatología, es del contenido de aquel informe presentado por WWF/Adena en 2005 (1). En el mismo se dice cómo en el polo norte las concentraciones de sustancias contaminantes son mayores que en los lugares de procedencia, lógicamente nuestros polos industriales.

El informe apunta que las sustancias son portadas por los animales en sus rutas migratorias, penetrando en la cadena trófica. A ello se suma el efecto de las corrientes de aire y corrientes marinas.

Como resultado, los indígenas comenzaron a sufrir una enfermedad hasta ahora totalmente desconocida entre ellos: el cáncer. Sí, esa enfermedad sobre la que alguna vez hemos oído decir “pues antes no había tantos casos como ahora” y que tanto nos cuesta reconocer como una maldición para todos antes que como un estigma para el que lo padece.

Las sustancias contaminantes se bio-acumulan en los animales y pasan a los seres humanos o a cualquier depredador a través de la ingesta. El índice se va incrementando en los depredadores carnívoros. Pero no bastará con hacerse crudovegano. De hecho, el problema más grave, el global, es otro.

Tiene que ver con el transporte eólico, con el flujo y reflujo a la atmósfera de sustancias contaminantes. Especialmente destacada es la acumulación de metales pesados y radionúclidos antropógenos procedentes de ensayos nucleares. El desastre de Chernobil elevó considerablemente las concentraciones en el ártico, si bien poco a poco fueron descendiendo.

El problema es que estamos hablando de sustancias que no se depositan y desaparecen. Se da la circunstancia de que en el hielo quedan atrapados todos los contaminantes que transportados hasta allí por vientos más cálidos, se condensan y caen. De este modo, los polos actúan como auténticos almacenes de residuos.

Con el deshielo esa tendencia empieza a revertirse. Los científicos están realizando mediciones asombrosas: sustancias contaminantes que dejaron de emitirse hace más de 20 años, se presentan en los ambientes polares en concentraciones propias del país productor hace unas décadas.

Se desconocen las consecuencias que podría tener el que el deshielo de los casquetes fuese un proceso rápido, es decir, el que se liberase a la atmósfera un volumen enorme de sustancias contaminantes, que se han venido acumulando desde la última glaciación.


(1) The tip of the iceberg: Chemical contamination in the Artic