La evolución de los humanos
Los eslabones de la cadena evolutiva de los homínidos se hacen más nítidos conforme nos acercamos al presente. Hace poco más de veinte años los estudios de ADN mitocondrial se convirtieron en la mayor esperanza para poder establecer los términos exactos del parentesco entre los distintos especímenes y por ende incidir en el conocimiento exacto de nuestro origen, posición y evolución como seres biológicos. El problema en este sentido sigue aún vigente.
Los eslabones de la cadena evolutiva de los homínidos se hacen más nítidos conforme nos acercamos al presente. Hace poco más de veinte años los estudios de ADN mitocondrial se convirtieron en la mayor esperanza para poder establecer los términos exactos del parentesco entre los distintos especímenes y por ende incidir en el conocimiento exacto de nuestro origen, posición y evolución como seres biológicos. El problema en este sentido sigue aún vigente.
Durante buena parte del siglo XX antropólogos y arqueólogos parecían más preocupados por hacer de su hallazgo el más antiguo y determinante, que en reflexionar sobre otro tipo de implicaciones. Sólo desde las últimas décadas del pasado siglo comienza a tener vigencia un interesante debate aún no resuelto: ¿existe realmente una sola línea evolutiva? ¿es todo tan sencillo como ordenar los distintos hallazgos del más antiguo al más moderno, del primero al último en virtud de su fisonomía?
Las implicaciones sociológicas y psicológicas
Las conclusiones de Darwin sobre la evolución de las especies aparecen en un momento en el que la sociedad aún no es capaz de asimilar ciertas verdades, sobre todo en el caso específico de la evolución de la especie humana. Se trata de plantear que el hombre es un animal más, que no es el hijo de Dios creado a su imagen y semejanza tal y como narran las Sagradas Escrituras, dentro de un mito de la creación que no tiene sentido tachar de falso cuando se trata sencillamente de eso, de un mito de la creación tan extraordinario e interesante como el de otros pueblos, creencias o épocas.
Las implicaciones sociológicas y psicológicas
Las conclusiones de Darwin sobre la evolución de las especies aparecen en un momento en el que la sociedad aún no es capaz de asimilar ciertas verdades, sobre todo en el caso específico de la evolución de la especie humana. Se trata de plantear que el hombre es un animal más, que no es el hijo de Dios creado a su imagen y semejanza tal y como narran las Sagradas Escrituras, dentro de un mito de la creación que no tiene sentido tachar de falso cuando se trata sencillamente de eso, de un mito de la creación tan extraordinario e interesante como el de otros pueblos, creencias o épocas.
En tiempos de Darwin, la mentalidad laica tampoco poseía la suficiente madurez como para aceptar que el ser humano había sido físicamente distinto en el pasado: ¿acaso no es eso una idea aberrante? El “principio de actualidad”, el “presentismo”, nos lleva a relacionar toda evolución como un proceso lineal desde un punto de partida menos ventajoso, hacia una posición predominante sobre el medio. El problema es que en este sentido se concibe como un proceso consciente, buscado, y los humanos somos aparentemente incapaces de desarrollarnos y lograr cambios biomorfológicos profundos en nuestro organismo sólo con pensarlo, por muy ventajosos que estos resultaran. Dicha capacidad existe, aunque llena de matices y con grandes límites, ejemplo de lo cual es el desarrollo de las capacidades mentales o de las capacidades físicas a través del ejercicio, y gracias a la determinación y a la disciplina.
El análisis de los genomas mitocondriales nos lleva a la conclusión, en apariencia poco discutible, de que hace 171,500 años existió una hembra africana con la que estamos emparentados todos los humanos que existimos hoy día. Pronto se acuñó el término de “Eva mitocondrial” para designarla. Este hallazgo vino a incidir de manera determinante en los debates sobre la evolución de la especie humana. Antropólogos y arqueólogos hallaban esqueletos muy similares en lugares del mundo muy alejados (lo cual hablaba de una gran dispersión), al tiempo que era evidente que existían características propias de unos respectos a otros, es decir, evidencias de una evolución distinta, de una diversificación aunque muy lenta. ¿Quién era entonces nuestro antepasado directo? Se estaba en disposición de aceptar la existencia de varias líneas evolutivas, porque se podían reconocer las diferencias. Sin embargo, otra cosa muy distinta era situar el punto cero en su momento exacto, es decir, saber cuándo vivieron los ancestros comunes de distintas especies de homínidos.
La mutación es un factor de cambio no controlado tan viable como cualquier otro para hallar la clave de la aparición del ser humano actual desde los ancestros más antiguos: ¿es el ser humano de hoy día capaz de asimilar que puede ser, como cualquier otro ser biológico, producto de una mutación? ¿podemos concebirnos como accidentes de la naturaleza sin reservas ni resistencias mentales, al margen de que seamos o no creyentes? Las resistencias mentales, filosóficas, existencialistas o de cualquier índole continúan siendo numerosas y hay quién plantea desde la aparente sencillez de su incapacidad por conocer las verdades tal y como son (no tal y como nos gustaría que fueran), preguntas tan sintomáticas como ¿qué utilidad tiene remover el pasado?, ¿qué ganamos con ello?, ¿por qué se hace si no es para atacar y hacer daño?
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