La huella hídrica (water footprint)


     El concepto huella hídrica, acuñado por el profesor Y. Arjen Hoekstra, hace referencia al impacto que ejerce el ser humano sobre los recursos hídricos del planeta. En concreto aborda la merma y contaminación del agua dulce debido a la dirección de la economía mundial, pues ambos efectos negativos estarían directamente condicionados por las cadenas de producción y suministro.

      Esto suena en principio como algo ajeno, que tiene poco que ver con nuestra vida diaria. Sin embargo, cuando observamos que la producción de un kilo de carne empaquetada que podemos comprar en cualquier tienda o supermercado, supone un gasto de 16 toneladas de agua, uno empieza a ser consciente del alcance y significado del concepto huella hídrica. Otros ejemplos que nos ofrece la página web waterfootprint.org, son:

producción de       gasto necesario
1 kilo de arroz: 3 toneladas de agua
1 taza de café: 140 litros de agua
1 kilo de trigo: 1350 litros de agua
1 litro de leche: 1000 litros de agua
1 kilo de maíz: 900 litros de agua

      Parece obvio que el consumo a cualquier nivel tiene claros efectos en la explotación del agua dulce del planeta. Lo interesante es plantear no ya hasta qué punto estamos dispuestos los ciudadanos a cambiar nuestros hábitos, sino qué pueden hacer gobiernos y organismos internacionales al respecto y frente a los intereses económicos y empresariales que fundamentan y vertebran nuestro sistema.

      Entre los trabajos que abordan la materia y que puedes encontrar en la página web mencionada más arriba, destacamos uno de los más recientes, Water Footprint Manual. Puedes descargártelo gratuitamente en formato pdf.

¿qué pasará en Copenhague?


Me pregunto si el optimismo que nos transmiten los medios de comunicación, el que emana de los representantes allí reunidos, es el efecto de un esfuerzo por hacer las cosas bien o por ocultar que las cosas se pueden hacer bien. Me refiero simplemente a que tras los desacuerdos de las últimas reuniones preparatorias, es precisamente ahora, cuando empezamos a remontar la crisis, el momento en el que todo parece ir de maravilla. Es tan perfecto que sólo un retorcido podría captar cierto tufillo.

El hecho es que cuando el precio de la gasolina se sitúa por debajo del diesel, no por arte de magia sino a costa de movimientos de tropas y vidas humanas, poco espíritu de lucha contra el cambio climático parece haber. Pero claro, esto es achacable a los gobernantes que ya salieron, no a los intereses de quienes manejan hilos tan ocultos como perennes, no a quienes retrasan o adelantan las decisiones.

Me pregunto qué acuerdos se habrían alcanzado si a día de hoy estuviésemos en la situación económica de hace un año. Y por qué no: me pregunto si las crisis económicas son tan reales como ficticias, tan imprevisibles como manipulables. Y es que este sistema tiene unas cosas el jodío...

Sí hay algo que no dudo de la cumbre de Copenhague: que se van a posponer decisiones o se va a emplazar con optimismo a una nueva cita en 2011 (ojalá que sea 2010). Seguro que se acuña un nuevo comité de la reostia que, por falta de tiempo, será necesario estudiar con detenimiento. El caso es dar la impresión de que se está avanzando y trabajando duro. No dudo que no se haga lo uno o lo otro. Lo que pasa es que al paso de tortuga que vamos, cuando lleguemos a la charca la vamos a encontrar vacía.

Parece que Kyoto se esfuma y que hay que ganar tiempo para esconder la basura debajo de la alfombra. Y digo esto porque prefiero parecer un paranoico de la conspiración, antes que asumir algo tal vez coincidente con la realidad; porque, si no hay conspiración, es que todo es puro teatro. Sin duda alguna prefiero parecer lo que más se asemeja a lo que prefiero pensar.